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Epistemología, Filosofía

La razón, ¿esclava de nuestras pasiones?

Es tópico común el considerar a la razón como aquello que, si nos decidiéramos a usarla, acallaría o por lo menos disminuiría la intensidad de ciertas pasiones a las que nos vemos comúnmente arrastrados en el diario curso de nuestras vidas y que en ocasiones nos traen todo tipo de problemas. La Real Academia Española define “pasión” como una “perturbación o afecto desordenado en el ánimo”; una “inclinación o preferencia muy vivas de alguien a otra persona” o un “apetito o afición vehemente a algo”. Cabe aclarar que la pasión no sólo puede ser una “inclinación” o “preferencia” hacia algo o alguien, sino que también puede ser su opuesto: una “aversión” profunda e intensa a algún objeto que nos repugne o hacia una persona odiada o temida. Aquí me refiero simplemente a pasiones o emociones como el orgullo, la envidia, el odio, el deseo, el amor, la aversión, la tristeza, el desconsuelo, la ira o el miedo. Así pues, como decía, estas y otras pasiones análogas nos acarrean todo tipo de sinsabores y problemas que, se supone, un correcto ejercicio de nuestra razón podría evitarnos. La razón y las pasiones estarían, en este sentido, colocadas a uno y otro lado del espectro de lo que se esperaría de nosotros, seres humanos racionales, siendo la primera aquello que por supuesto definiría nuestra esencia, y las segundas aquello que nos emparentaría más con los animales irracionales. En este esquema, la pasión surgiría en nosotros en tanto que seres terrenales e imperfectos, llevándonos a cometer acciones muchas veces perjudiciales para nosotros. Después de ello la razón, si nos decidimos a utilizarla, vendría como una especia de bienhechora y redentora nuestra que derrotaría a la pasión y a sus nefandas acciones concomitantes para restablecer la paz y la bondad en nosotros y en nuestras acciones.

Pues bien, tal vez deberíamos preguntarnos si no estaba en lo correcto el filósofo escocés David Hume por haber estado, a inicios del siglo XVIII, en total desacuerdo con esta conocida doctrina o creencia sobre las pasiones en relación a su antagónico y heroico opuesto: la razón. Pues Hume pensaba que “la razón es, y debe ser, sólo esclava de las pasiones y no puede aspirar a otro oficio que el de servirlas y obedecerlas”.  Esto supone una clara denigración del papel de la razón y, como veremos, una correspondiente elevación en importancia del sentimiento y de las pasiones a las que aquella obedece. ¿Qué razones tenía Hume para afirmar tal cosa? Para Hume el humano es un ser eminentemente pasional y es imposible que éste sustituya en sí mismo a voluntad una pasión por otra o que deje de tener pasiones, lo que no implica que la razón no sea parte importante de su naturaleza y constitución. Pero la razón no juega –piensa él- el papel principal. Se limita a mostrarle a la pasión los medios más eficaces para la consecución de los objetivos de la primera. Así, si las pasiones dominantes son el orgullo, la ambición y el hambre de gloria, la razón se limitaría a considerar racionalmente el asunto para tratar de encontrar aquellos medios que mejor satisficieran los fines de estas pasiones.  Un ejemplo burdo, pero ilustrativo, sería el de una persona que busca, justa o injustamente, vengarse de su oponente. Aquí la pasión de odio sería la principal y original fuerza impulsora de todas las acciones encaminadas a dañar al adversario, y la razón tomaría únicamente el papel del estratega que mostraría a la pasión cuál sería la mejor forma de lograrlo. Lo mismo podría decirse de otros cursos de acción con mayor aprobación. Se suele considerar que la laboriosidad, la constancia o la audacia del emprendedor tienen su origen en consideraciones o reflexiones racionales que tienen por conclusión que ser trabajador es preferible a ser perezoso. Así la razón sería esta suerte de redentora nuestra que nos ayudaría a desmantelar el imperio de la pereza, empujándonos a desear el esfuerzo y la laboriosidad. Para Hume esta es una manera incorrecta de considerar las cosas. La laboriosidad, la constancia o la audacia tienen su origen no en la razón, sino en poderosas pasiones como la ambición de gloria, el anhelo de fama, el orgullo o la vanidad. La razón sirve aquí a estas pasiones mostrándoles que el trabajo y la constancia son cursos de acción apropiados para conseguir estos fines. Y si se objetara que la pereza bien puede corregirse mediante razonamientos maduros y prolongados, la respuesta de Hume sería que aquí lo único que ocurre es que la razón encuentra otros y mejores medios para conseguir aquello que originalmente se perseguía mediante la pereza, por ejemplo, el placer. O puede ocurrir que la razón demuestre que la pereza tiene consecuencias que antes no se habían considerado y que son contrarias a otros intereses también pasionales, como cuando nos damos cuenta de que la pereza acabará dejándonos en la ruina y que el placer que pudiéramos sacar inmediatamente de ella podría tornarse a la larga en una gran pesadumbre. Entonces el temor a acabar en la miseria (es decir, otra pasión) toma las riendas de la vida y encamina las acciones de manera que la pereza sea desde ese momento evitada.

Podríamos –según Hume- analizar detenidamente todas y cada una de nuestras acciones cotidianas y no encontraríamos como causas de ellas otra cosa que pasiones. Podríamos, por otra parte, revisar cada una de nuestras más queridas razones y no encontraríamos un solo caso en el que éstas no estuvieran al servicio de aquellas. Curiosa y sorprendente teoría la de Hume sin duda, pues nos perfila como seres eminentemente pasionales y sólo en segundo término como seres racionales. Esto no implica por supuesto que reflexionar en nuestras acciones sea de ahora en adelante una tarea irrelevante y una pérdida de tiempo. Si inevitablemente somos conducidos por nuestras pasiones, haríamos bien en razonar para ponerlas en orden y darles cause de la mejor manera posible, confiando en que aquellas que nos dominen busquen siempre –así lo esperamos- nuestro propio provecho y el de los demás.

Razón_pasión_El_callejón_de_las_trompadas

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Comentarios

3 comentarios en “La razón, ¿esclava de nuestras pasiones?

  1. Siento el retraso, acabo de percibir que viajo en un tren y el maquinista es el gato de Schrödinger..

    El empirismo de Hume, sin duda, constituye una forma de pensamiento que mecaniza las pasiones como el dinamismo de la razón.

    No soy filósofo, ni tampoco un pensador profundo, no obstante, creo que puedo advertir que el autor que Ud. describe escogió un color muy vivo para esbozar la visión de los deseos que percibía a través del objetivo de su propia existencia.

    En mis tiempos de juventud, teníamos una constante rondando por nuestras mentes que iba relacionada directamente con el sentido de relacionar “todas y cada una de nuestras acciones cotidianas y no encontraríamos como causas de ellas otra cosa que pasiones”.., el universo gira precisamente en torno a eso, pensábamos secretamente ruborizados..

    Mucho tiempo ha transcurrido desde entonces y mientras viajo, arrastrado por la maquinaria del tren en el que voy montado, percibo cada vez más que mi sintonía con todo lo que me rodea constituye el objetivo de una mera casualidad indiscutible, un capricho del movimiento eterno del universo. Aquello que el Sr. Nassim Haramein ha formalizado como la expansión de un toroide, casi sin principio, ni final.

    Hume y sus empíricas visiones fueron ardientes hogueras de un pasado racional que hoy se han extinguido completamente por la acción de metafísicas relacionadas con las ciencias y el desarrollo del conocimiento humano.

    Hablar de razón todavía en el día de hoy, para un humilde servidor, significa transgredir las barreras evolutivas de la capacidad intelectual que nos ha proporcionado la posibilidad de lanzar pensamientos desde dos mentes aisladas en el espacio, a través de un canal compuesto por una red de código binario..

    Gracias por este espacio de lectura, una estación cautivadora en la vía del abastecimiento intelectual personal.

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    Publicado por jjmor | 19 diciembre, 2017, 11:23 am
  2. Un razonamiento bello, si breve, es dos veces bello. Lo leí con gran deleite.

    Me gusta

    Publicado por Anónimo | 3 mayo, 2018, 11:14 pm

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